martes, 18 de junio de 2013

"Yo, Claudio", de Robert Graves

La novela pertenece a la obra del autor británico Robert Graves, uno de los escritores mejores considerados de novela histórica.
            La historia se centra en la vida de Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, o simplemente Claudio, quien fue, entre otras cosas, el cuarto emperador romano. Pero lo narrado no se limita, ni mucho menos, a una simple biografía de este personaje, sino que, es más, de lo que menos se habla es del propio Claudio, aunque él tenga la voz narrativa, exponiéndose mucho más la vida de la familia imperial.
            El contexto histórico es, por tanto, los primeros tiempos del Imperio Romano bajo la dinastía Julio-Claudia. En años, más o menos, desde el 27 a.C., inicio del reinado de Augusto, hasta otro año que no diré por motivos amables hacia los futuros lectores­ —aconsejo no indagar nada en absoluto que tenga que ver con este período—.
            En esta época, Roma acaba de pasar de la República al Imperio. En el siglo I a.C., las guerras civiles entre diferentes facciones, desde Mario y Sila hasta Octavio y Marco Antonio, pasando, por supuesto, por Julio César y Pompeyo; hastiaron a la población romana. Cuando Octavio se hiciera finalmente con el poder, lo ejercería, si bien influenciado por su esposa Livia, de forma aceptable, tanto en lo militar como en lo administrativo y en lo cívico. En consecuencia, el pueblo romano, y el senado, lo deificó. Sin embargo, los siguientes emperadores demostrarían merecer el título de tirano, según las fuentes.
            Con respecto a las relaciones e intrigas entre los miembros de la familia imperial, nuevamente me muerdo la lengua. Simplemente decir que te obligan a leer una página detrás de otra.
            El protagonista, Claudio, es el narrador de la historia y, por supuesto, no es tan crítico consigo mismo como con otros personajes, aunque sí da la sensación de querer ofrecer un testimonio sincero. Se describe cojo, enfermizo y tartamudo, pero no tonto, al contrario de como lo ve mayoría de los otros personajes. Muy interesado en la historia, él mismo se convierte en historiador y, así, al final de su vida y temiendo por ella, decide relatarla, mostrando los claroscuros de la familia imperial.
            Otros, no todos, personajes relevantes, son:
            Livia: abuela de Claudio y esposa de Augusto. No os dejéis engañar por lo de abuela, es una mujer ambiciosa, casi impía y maquiavélica. Robert Graves, y Claudio la hacen poseedora de una gran capacidad de influencia y poder.
            Augusto: básicamente, lo mencionado arriba. Gobernante, dentro de lo que cabe, justo,  y buen pater familias. También arrogante, como es lógico dentro de la posición que ocupa.
            Tiberio: brillante general, tiene una personalidad fría, déspota y severa.
            Germánico: creo que este es un personaje querido por el pueblo romano y, seguramente, por cualquier lector. Al igual que Tiberio, destaca en lo militar, pero además es humano, justo y competente. Junto con Póstumo, es el único miembro de la familia imperial que realmente aprecia a Claudio.
            Calígula: demente y apático, arbitrario y orgulloso.
            El estilo con el que escribe Robert Graves hace que Claudio se nos muestre cercano, como alguien que simplemente nos está contando algo. El lenguaje es llano, y fácilmente comprensible. Esta cercanía, junto con la intrincada trama, tal y como ya se ha dicho, enreda al lector, que padece por los personajes. Sin embargo, esta dimensión del libro va decayendo y las últimas páginas se hacen un tanto monótonas.
            El ritmo de la obra es rápido y Claudio va pasando, con naturalidad, de un asunto a otro, resultando a veces difícil recordar qué es lo que se ha leído dos capítulos atrás, y aparecen  múltiples acciones secundarias que abarcan con detalle lo que hay que contar: Robert Graves desplaza la cámara por varios lugares bastante lejanos y relata la historia con una perspectiva amplia, evitando las limitaciones del narrador protagonista ya que ésta actúa a su vez, dentro de la obra, como narrador omnisciente.
            En referencia a la documentación histórica y a la fiabilidad de lo narrado, decir que es una novela, pero, si se es capaz de eliminar los matices subjetivos, desde luego se aprende bastante y prácticamente de forma inconsciente. Resulta interesante mencionar aquí una escena del libro en la que, precisamente, se discute de la exactitud histórica. En resumen, se expone que hay dos formas de escribir la historia: o bien se puede relatar aportando propios matices, tomándose libertades con la precisión histórica, como es el caso del autor del libro, o bien se puede realizar un efusivo trabajo de documentación y luego contarlo de forma disciplinada y objetiva, aunque tenga luego menor expectación.

            Yo, Claudio ha constituido una lectura apasionante, entretenida, didáctica, interesante y merecedora de volver a ser leída. No hace falta decir que me tendré que leer la segunda parte, Claudio, el dios, y su esposa Mesalina.

Eduardo Fernández Ortuño, 1º Bachillerato

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